Caracterización del regadío en España

Necesidad de adaptarse a los mercados, contribuir al desarrollo rural  y limitar su presión sobre los recursos hídricos

El riego ha tenido históricamente un gran reconocimiento social. El crecimiento descontrolado de los regadíos en las últimas décadas, la presión excesiva sobre los recursos hídricos y la contaminación difusa por nitratos han disminuido esta apreciación social. Es tarea conjunta de las Administraciones y de los regantes introducir nuevos paradigmas del regadío que permitan renovar el apoyo claro de la sociedad a su trabajo.

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El regadío español en la actualidad

La transformación de secanos en regadío se convirtió en una gran ilusión y esperanza colectiva en la España de principios del siglo XX, en la que casi dos terceras partes de la población activa eran agricultores. El impulso, la financiación y la ejecución pública, o el apoyo a la privada, han permitido pasar desde el millón de has tradicionales de regadío hasta los 3,7 millones de hectáreas actuales.

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Desde nuestra incorporación a la Comunidad Económica Europea, en 1986, se ha producido un proceso acelerado de modernización de las estructuras agrarias españolas en el que el regadío ha tenido un auge importante por su capacidad de producción intensiva y de diversificación productiva. El aumento de la superficie regada ha sido de unas 700.000 de hectáreas, lo que representa un 22% de incremento desde 1986 al 2009.

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El regadío español consume unos 24.500 hm3 de agua al año, del orden de dos terceras partes procedentes de aguas superficiales y una tercera parte de aguas subterráneas; son muy escasos, aún, los recursos no convencionales como las aguas residuales regeneradas o las aguas desaladas.
La presión del regadío sobre los recursos hídricos es excesiva en gran parte de la España central y mediterránea y debe limitarse rígidamente la implantación de nuevos regadíos, y utilizar menos agua mejorando la eficiencia de las infraestructuras y sistemas de riego. Es una exigencia para cumplir los objetivos ambientales de la DMA, y a su vez para disminuir los actuales efectos de las sequías en la disponibilidad de agua.

Al estar agotados los recursos superficiales regulados han aumentado mucho los regadíos con aguas subterráneas. Estos, en general, se dedican a cultivos más intensivos que los que utilizan aguas superficiales y son más eficientes en el uso del agua y más productivos; las causas pueden deberse a una conjunción de factores: predominio de la iniciativa privada en su captación y transformación en regadío, muchas zonas con recursos subterráneos tienen condiciones climatológicas favorables para los regadíos intensivos, es más cara que la de origen superficial por el mayor coste energético y por los gastos de mantenimiento y gestión de las instalaciones, y que para rentabilizar la explotación de regadío con aguas subterráneas el agricultor ha tenido que utilizar la estrategia de dedicarse a cultivos más intensivos, con mayor margen económico para poder hacer frente a los mayores costes del agua.

La apertura a los mercados europeos  y posteriormente los efectos de la globalización han acelerado la especialización productiva española en aquellos cultivos en los que teníamos más ventajas comparativas: hortalizas, frutales y cítricos, olivar y viña. La orientación de los nuevos regadíos ha ido en esta dirección en los últimos 25 años: un aumento del 86% de la superficie regada de cultivos leñosos, lo que  ha producido que se rieguen casi el 26% del total de estos cultivos, la gran mayoría tradicionalmente de secano, como el olivo, la viña o el almendro.

Así, en 2010, se regó en España el 33% del viñedo y el 28% del olivar, con porcentajes superiores en las regiones más especializadas en estos cultivos: el 41% del viñedo en Castilla La Mancha y el 37% del olivar en Andalucía. 

Esta especialización de los nuevos regadíos, notablemente en la última década, comporta una menor demanda unitaria de agua al ser las necesidades del olivo y la viña, típicamente de secano, del orden de la tercera parte de las de los cultivos herbáceos típicos del regadío español. Pero al mismo tiempo exigen más garantía de agua, por su carácter de cultivos permanentes, lo que les hace más vulnerables a los años con escasez de recursos hídricos.

Los regadíos andaluces, los más extensos y productivos de España obtienen una productividad bruta del agua utilizada  de 1,79 €/m3, siendo muy diversa en función de los grupos de cultivos, (desde 0,66 €/m3 para los cereales y cultivos industriales, hasta los 5,47 €/m3 para los cultivos hortícolas, la fresa y los invernaderos), y presenta una correlación inversa con el nivel de ayudas directas de la Política Agraria Común (PAC), lo que pone de manifiesto que los cultivos más extensivos tendrán un futuro muy incierto si disminuyen, en el período 2014-2020, las ayudas para los mismos, al tender a una mayor equidad entre todas las superficies agrícolas. Estos datos pueden ser extensibles, con matices, a toda España.

 

La política hidráulica del siglo XX ha tenido como finalidad más importante la construcción de embalses que posibilitaban la transformación de secanos en regadíos."

Los regadíos con aguas superficiales pagan a los Organismos de Cuenca por el uso de las infraestructuras de regulación y transporte del agua entre 1 y 4 centimos de euro cada m3, una cantidad muy subvencionada.

Existen muchos tipos de regadíos y de regantes, con muy distintos impactos económicos, sociales, medioambientales y territoriales: es preciso aplicar políticas públicas diferenciadas de apoyo a cada tipo de riego.

La reforma de la PAC para el período 2014-2020 y la aplicación flexible del principio de recuperación de costes de los servicios del agua, deberían contribuir a un apoyo diferenciado a los diversos regadíos.

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¿La mejora de la rentabilidad y la supervivencia de la agricultura debe seguir apostando por nuevos regadíos o por potenciar las políticas de desarrollo rural?

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