Las víctimas y un somero análisis de la casuística

Algunas de las inundaciones más dramáticas de la historia reciente de España han sido las de septiembre de 1962 en la cuenca del Besós (Barcelona), con casi 800 muertos, las de octubre de 1973 en Granada-Almería-Murcia con  250, las de agosto de 1983 en el País Vasco, con 45 víctimas, y las de noviembre de 1989 en Málaga, con 12. En fechas más recientes, las inundaciones de agosto de 1995, donde murieron 10 personas en Yebra y Almoguera (Guadalajara); las de agosto de 1996, donde 87 personas perdieron la vida a consecuencia de la inundación torrencial que destruyó el cámping Las Nieves en Biescas (Huesca); las de  noviembre de 1997, donde 22 personas perdieron la vida al inundarse el barrio del Cerro de Reyes en Badajoz; las de junio de 2000 en Cataluña con 16 víctimas; las de noviembre de 2001 y marzo de 2002 en el archipiélago canario (7 y 8 víctimas respectivamente) y las de septiembre del 2012 en Murcia y Andalucía  donde murieron doce personas.

Según el informe titulado "Mapa de los impactos provocados por desastres naturales y accidentes tecnológicos en Europa" de la Agencia Europea de Medio Ambiente, en donde se hace un repaso detallado del periodo 1998-2009 y se aporta una gran cantidad de datos,  incluidos los referidos a las víctimas mortales, se ha producido en los últimos años un aumento de pérdidas que se puede explicar en gran medida por el incremento de la actividad humana y la acumulación de bienes económicos en áreas de riesgo.

Según varios expertos, no es el ámbito de las vegas de los grandes ríos donde se dan los casos más desfavorables. Las inundaciones más severas desde la perspectiva del número de víctimas se caracterizan por ser inundaciones relámpago, a menudo torrenciales, en cuencas hidrográficas pequeñas. En este tipo de inundaciones, la magnitud de la crecida o avenida que lleva al desbordamiento, medida en términos de caudal por km2 o de caudal relativo al medio, es muy superior a la de los ríos que drenan las grandes cuencas, de ahí su mayor severidad (Ayala 2002). Además, suelen llevar abundante caudal sólido que agrava también su afección, y tienen un tiempo de presentación mucho más rápido tras la lluvia, normalmente pocas horas, frente a los días que tarda una avenida en recorrer el curso de un gran río. El siguiente gráfico muestra claramente que el problema de las inundaciones en España en su dimensión de desastre humano, es un problema derivado de las inundaciones torrenciales y relámpago en las pequeñas cuencas, que han originado casi el 94% de los sucesos con al menos 10 víctimas mortales (Ayala-Carcedo 1999).

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Desde que se instaló el telégrafo, hace unos 150 años, que permitió dar aviso aguas abajo del paso de la avenida, el problema de las inundaciones en España en cuanto a su dimensión catastrófica humana, no es un problema principalmente de los grandes ríos sino de los pequeños ríos, de las ramblas, de los torrentes y arroyos (Ayala, 2002). Así, encontramos que los daños personales más trágicos y las pérdidas materiales más importantes se producen, históricamente, en sucesos de rotura súbita e imprevista (natural o artificial) de presas—o acúmulos que han realizado dicha función de retención—, sin dar tiempo a reaccionar en su curso aguas abajo. Para cuencas grandes, como es la del Ebro en el eje principal de su tramo medio, y con el actual arsenal de tecnologías de la información y la comunicación, se dispondría de horas más que suficientes a fin de retirar el ganado y la maquinaria automóvil (y, por  descontado, las personas) de las áreas de riesgo (Bastida 2007). El problema es la ocupación de estas franjas ribereñas por usos pocos compatibles con la inundación, pues es cuando no podrá acontecer una rápida, voluntaria y total evacuación de todo aquello susceptible de ser dañado. Según este último autor, es fundamental actuar precozmente antes de que la precipitación se convierta en escorrentía. Por el conocimiento que se tiene a día de hoy de los sistemas fluviales sabemos que estos se han  dotado de recursos con el fin de hacer que la inundación por escorrentía vuelva a convertirse en inundación por precipitación: para transformar las avenidas en desbordamientos.

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Ejemplos de inundaciones torrenciales en el ámbito de la C.H. del Cantábrico: Grado, 20 de septiembre de 1921 (izquierda) y San Antolín de Ibias, 28 de agosto de 2001 (derecha) (Fuente: M. Gutiérrez, J.A. Martín y R. Santos, I Congreso Ibérico de Restauración Fluvial Restauraríos, 2011)

Después de la crecida del río Aragón en 2012 que derribó dos casas de una urbanización en Castiello de Jaca (Huesca), los geógrafos integrados en la consultora ECOTER  ilustraron con los mapas de la imagen siguiente el por qué de la catástrofe. Quedó en evidencia  que la culpa no fue de “la furia de los ríos” como decían algunos medios, sino de la falta de ordenación territorial en algunos espacios fluviales, y la ocupación de las llanuras de inundación por usos no compatibles con las mismas, en este caso una urbanización (Ecoter 2012).

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Mapas ilustrativos de la situación de la urbanización de Castiello de Jaca (Huesca) en la que el río Aragón derribó algunas viviendas sitas en plena zona inundable (Fuente: Ecoter 2012)

En Portugal, y según los datos recogidos para este artículo por el investigador portugués en temas fluviales y miembro de la junta del Centro Ibérico de Restauración Fluvial (CIREF), Rui Cortes, las crecidas más mortíferas tuvieron lugar en los años  1967, 1978, 1983, 1997, e 2010. Afectan a pequeñas cuencas de drenaje y son causadas  por particularidades climáticas de toda la zona sur del país influida por la interacción entre las circulaciones polar y  tropical. La rápida crecida que ocurrió en Lisboa la madrugada de 26 de Noviembre de 1967 fue generada por precipitaciones elevadas durante un corto período de tiempo (cerca de 1/5 de precipitación media anual en menos de 24 horas) en la que murieron cerca de 750 personas. La mayoría de ellas vivían en construcciones localizadas en zonas inundables. Sólo muchos años después, tras el final de la dictadura, se supo la dimensión de la tragedia, dado que la censura minimizó la gravedad del asunto en su momento. En 2010 en Madeira murieron 67 personas en un este evento en el que los picos de crecida fueron agravados por la construcción en el lecho de avenidas, así como por los incendios forestales del verano de 2010 que destruyeron la capacidad de infiltración de los cursos de agua.