¿Cúanta agua deben llevar los ríos?

"Un río es algo que tiene una fuerte y marcada personalidad, es algo con fisonomía y vida propias. Uno de mis más vivos deseos es el de seguir el curso de nuestros grandes ríos, el Duero, el Miño, el Tajo, el Guadiana, el Guadalquivir, el Ebro. Se les siente vivir. Cogerlos desde su más tierna infancia, desde su cuna, desde la fuente de su más largo brazo, y seguirles por caídas y rompientes, por angosturas y hoces, por vegas y riberas. La vena de agua es para ellos algo así como la conciencia para nosotros, unas veces agitada y espumosa, otras alojada de cieno, turbia y opaca, otras cristalina y clara, rumorosa a trechos. El agua es, en efecto, la conciencia del paisaje".

Miguel de Unamuno (Por tierras de Portugal y de España, 1911)

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Desde hace siglos, el ser humano utiliza el agua de los ríos para satisfacer un amplio abanico de necesidades en el ámbito doméstico, agrario, industrial y recreativo. Todos los pueblos y civilizaciones han reconocido el papel protagonista del agua en su desarrollo socioeconómico, y han sentido la necesidad de incorporar al agua en su acervo cultural y emocional. En las últimas décadas, el incremento de la presión demográfica y de las demandas hídricas de la población ha motivado, sin embargo, la aparición de un creciente debate técnico y político en torno a las necesidades humanas de agua, la conservación de los ecosistemas ligados a los ríos, y la existencia o no de caudales sobrantes en los ríos que pudieran servir para incrementar los usos productivos asociados al agua.

La legislación europea y española ha evolucionado con rapidez en los últimos años para intentar dar respuesta a estos desafíos. Entre otras cuestiones, se ha reconocido que el agua no es un bien comercial, sino un patrimonio que es preciso proteger, defender y tratar adecuadamente (Directiva Europea Marco del Agua, 2000/60/CE). La legislación reconoce la importancia socioeconómica del agua, y la necesidad de hacer compatible su aprovechamiento con la conservación ambiental. Paralelamente, se ha incrementado notablemente el conocimiento técnico y científico relacionado con las tecnologías del agua y con el funcionamiento de los ecosistemas fluviales. Sin embargo, los avances normativos y técnicos no han terminado de dar respuesta a la incógnita sobre la cantidad de agua que puede aprovecharse en los ríos antes de que se genere una intensa degradación de sus ecosistemas asociados. En otras palabras, sigue vigente, más que nunca, la pregunta "¿Cuanta agua deben llevar los ríos?".

Para dar respuesta a esta pregunta, es preciso considerar y reconocer algunas cuestiones que pueden ayudar a su resolución. En primer lugar, debe subrayarse, de manera taxativa, que un río no cuenta con caudales sobrantes, excedentarios, como ningún otro sistema natural cuenta con porciones sobrantes de los elementos que permiten su supervivencia. La intensidad del aprovechamiento es la que define el nivel de alteración de la salud del río, que siempre se resiente cuando sus caudales son utilizados con fines humanos. Sin embargo, los mayores niveles de degradación se producen a partir de ciertas condiciones de uso de los caudales (en relación con los volúmenes extraídos y los periodos de aprovechamiento). Los diferentes caudales del río están asociados a la conservación de los distintos elementos ambientales que dependen del río (entre otros, la vida piscícola, los bosques de ribera, las aves que tienen su hábitat en el medio fluvial, etc.). Por ello, el incremento progresivo del uso humano del agua conduce en todos los casos a un empobrecimiento de la diversidad biológica, tanto en el propio ecosistema fluvial como en los ecosistemas litorales asociados al río.

¿Cómo podemos, entonces, utilizar con fines humanos el agua de los ríos sin motivar su degradación ambiental?

En primer lugar, adaptando adecuadamente la gestión del agua de los ríos a los requerimientos normativos. De acuerdo con la legislación europea y española, el objetivo de esta gestión debe ser un aprovechamiento participativo, integrado, ecosistémico y adaptativo del agua que permita dar respuesta a las demandas, pero asegurando que el estado de los ríos no supere ciertos umbrales de degradación. En España, son los Planes de cuenca (en el contexto de la planificación hidrológica) los que rigen en cada cuenca hidrográfica los volúmenes de agua que se destinan a los diferentes usos humanos, así como aquellos que cuentan con un uso restringido, por estar dirigidos a la conservación ambiental. De manera periódica, estos volúmenes se revisan para adaptarlos a la evolución de las demandas sociales y a las necesidades de los ecosistemas fluviales.

En segundo lugar, determinando la incidencia potencial del uso del agua sobre el estado de los ríos, y el volumen de agua que debe fluir por ellos en cada momento del año. Para ello, es preciso conocer los caudales y el estado que el río tenía antes de que se produjera su inicial aprovechamiento. Estos aspectos pueden ser definidos a partir de registros y estimaciones históricas de sus caudales y de las características de sus ecosistemas asociados. Estos datos deben calibrarse de acuerdo con las circunstancias climáticas y ambientales actuales. Sobre esta base, es posible calcular cuáles son los caudales que aseguran, de acuerdo con las características físicas y ecológicas de cada río, el mantenimiento de un buen estado de sus valores ambientales.

Pongamos algunos ejemplos. En el caso de la fauna acuática, serán aquellos caudales que aseguren las migraciones de las especies, su alimentación, refugio y reproducción, y que eviten la colonización del río por parte de especies alóctonas que puedan desplazar de sus hábitats a las especies autóctonas. En el caso de la vegetación, serán los caudales que permitan la dispersión de las semillas a lo largo del río, y la existencia de humedad suficiente durante la vida de las nuevas plantas. En el caso de las aguas subterráneas ligadas al río, serán los caudales que aseguren una correcta recarga de los acuíferos de los que depende el río en épocas de estiaje. En el caso de los deltas y estuarios, los que permitan la llegada de sedimentos, y los que eviten una excesiva entrada de agua salina. En el caso de los humedales (interrelación con el artículo de humedales), los que aseguren el mantenimiento de las superficies estacionales de encharcamiento. En todos estos casos, el procedimiento de cálculo se basa en la modelación de diferentes escenarios de caudales, y el análisis simultáneo de la afección de cada escenario a los requerimientos (conocidos) de cada especie, comunidad biológica, ecosistema o masa de agua. La variabilidad de condiciones y necesidades hacen que no sea posible establecer un único valor de caudal como aquel que permita proteger todos estos aspectos. Debe ser el estudio individualizado y posteriormente integrado de todos los elementos, el que permita ir adaptando los volúmenes de agua en el río a las demandas humanas y a los requerimientos ambientales del río. Dada la dependencia que el ser humano tiene de muchos de los elementos asociados a los ríos, la conservación y recuperación del medio ambiente fluvial a través de la mejora del régimen de caudales es también garantía para su bienestar y desarrollo futuros.

El agua que llega al mar a través de los ríos no es agua malgastada.

Los ríos necesitan que el aprovechamiento de sus aguas por parte del hombre se realice de manera que se respeten los caudales que se relacionan con el buen estado de sus ecosistemas.

Una incorrecta gestión de las demandas hídricas no puede solventarse con un incremento de presión sobre los ríos.

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¿Puede la gestión del agua mejorar para que se reduzca y revierta la degradación de los ríos en un escenario de crisis económica y social?

¿Qué te sugiere escuchar que el agua de los ríos que llega al mar es un agua desaprovechada?

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