De forma paralela al declive de los regadíos históricos, los cambios socioeconómicos que están teniendo lugar desde mediados del pasado siglo están promoviendo el incremento continuado del regadío en áreas como el Sureste Ibérico (Almería, Murcia y Alicante), la Costa Tropical de Málaga y otra regiones mediterráneas costeras. Estos nuevos regadíos tienen un carácter intensivo en el uso de agua, fertilizantes, tecnología y otros insumos. Estos regadíos se ubican con frecuencia en áreas con baja vocación natural para el regadío, como cuencas neógenas dominadas por margas, saladares, piedemontes y relieves con cierta abruptosidad, todos ellos de baja capacidad agrológica. Diversos cambios tecnológicos (que permiten el aterrazamiento de áreas con pendiente elevada o el cultivo sin suelo), así como el acceso a una fuente de energía barata, el petróleo, han permitido suplir esta ausencia de vocación natural para el regadío a base de un uso creciente de insumos para el cultivo, empezando por la obtención y transporte de agua, aporte de fertilizantes y modificación, en caso necesario, de la topografía a través de grandes movimientos de tierras (Martínez Fernández y Esteve Selma, 2004).